Lo que el fuego te arrebata
Iván
Mucho se habla estos días de las tragedias ocasionadas por el fuego.
Se habla de la falta de efectivos, de medios, de previsión. Se agradece que no haya que lamentar más pérdidas de vidas humanas. Y es cierto: una vida siempre estará por encima de todo.
Pero quienes hemos perdido nuestro hogar, nuestros recuerdos o parte de nuestra historia, vivimos con una frase que termina desgastando: «Al menos estáis vivos.»
Sí, estamos vivos. Pero el fuego también mata de otras formas.
En Casillas, cientos de vecinos se negaron a abandonar sus casas. Unos por arraigo, otros porque allí estaba toda su vida. Intentaron proteger con sus propias manos lo que durante décadas habían construido. Lo mismo ocurrió en El Castañar de El Tiemblo y en tantos otros lugares.
Detrás de cada casa hay años de esfuerzo. Hay fotografías irrepetibles, regalos de quienes ya no están, muebles hechos con nuestras propias manos, plantas cuidadas con cariño, el sonido de los pájaros al amanecer, el olor de la lluvia sobre la tierra, las risas compartidas en una terraza, la vida.
Y todo eso también arde.
Los héroes olvidados
Vemos a los bomberos jugarse la vida por un salario que nunca hará justicia a lo que hacen.
Hoy son héroes. Los aplaudimos. Les damos las gracias.
Pero cuando llegue octubre volverán a ser invisibles.
Lo más doloroso es que ellos avisaron hace meses. En abril ya alertaban del estado del monte. Pedían limpieza, mantenimiento, prevención, cortafuegos y recursos.
Nadie quiso escuchar.
Nos estamos acostumbrando a convertirnos en una sociedad que solo reconoce a sus héroes cuando ya es demasiado tarde. Igual que ocurrió con los sanitarios durante la pandemia: aplausos cuando la tragedia ya estaba encima de todos.
La verdadera catástrofe
Mientras algunos abrazaban a quien lo había perdido todo, otros dirigían la emergencia desde un despacho de la comunidad autonoma.
Se buscaban culpables en cualquier sitio menos donde correspondía asumir responsabilidades. Se hablaba de agendas, de excusas y de política, mientras durante años no se invertía lo suficiente en cuidar nuestros montes.
Y cuando la situación desbordó a todos, entonces llegó el momento de pedir ayuda al Estado.
Pero la catástrofe no solo está en el bosque.
Está en los albergues improvisados, en los polideportivos llenos de familias, en quienes pasan días sin sus medicamentos, sin ropa, sin saber si aún existe aquello que llamaban hogar.
Está en las mascotas, que miran a sus dueños sin comprender nada, pero permanecen junto a ellos pase lo que pase.
Cuando el trabajo vale más que una vida
Y entonces aparece la peor cara del ser humano.
La ley contempla permisos retribuidos para quienes se encuentran confinados por una emergencia de este tipo.
Pero siempre hay quien pone el negocio por delante de las personas.
He visto empresas llamar de madrugada, a las cuatro o cinco de la mañana, amenazando con despidos si los trabajadores no acudían a trabajar, aun sabiendo que estaban confinados por el fuego. Incluso después de haber despedido días antes a un familiar por esa misma situación.
He visto personas abandonar a sus familias para intentar salvar el negocio de otros.
Eso no debería ocurrir nunca.
Quien antepone un beneficio económico a la seguridad y a la vida de una persona no merece dirigir una empresa. Un Estado que protege a sus ciudadanos debe actuar con toda la firmeza frente a comportamientos así.
Lo que realmente perdemos
Cuando todo pase, cerraremos los ojos.
Recordaremos una fotografía, un regalo, una risa, una tarde cualquiera, una conversación, una planta que nos regaló alguien que ya no está y que seguíamos cuidando porque era una forma de mantener viva su memoria.
Y comprenderemos que el fuego nunca se lleva solo objetos.
Se lleva tiempo.
Se lleva recuerdos.
Se lleva parte de nuestra historia.
Para algunos serán árboles, campos o animales.
Para quienes lo hemos vivido será, sobre todo, vida.
Será ver a los buitres negros sobrevolando un paisaje que ya no reconocen.
Será contemplar a un ciervo desorientado buscando agua entre la ceniza.
Será preguntarnos una vez más qué estamos haciendo con el mundo que compartimos.
Los expertos llevan años advirtiéndolo: los incendios serán cada vez más intensos si no actuamos con prevención, gestión forestal y responsabilidad colectiva.
Todavía estamos a tiempo.
Porque llegará un día en que el fuego solo dejará de avanzar cuando ya no quede nada que quemar.
Compañero del alma
Quiero terminar con unos versos de Miguel Hernández que hoy cobran un significado especial:
«Volverás a mi huerto y a mi higuera…»
«Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.»
Y nosotros también volveremos.
Porque, aunque el fuego queme, destruya y hunda, también nos recuerda la fuerza de levantarnos.
Resurgiremos de las cenizas.
No olvidando lo perdido, sino honrando todo aquello que el fuego nunca podrá arrebatarnos: la memoria, la solidaridad y el amor por nuestra tierra.
Ivan