¿CUÁNTAS MÁS?

¿CUÁNTAS MÁS?

Inmaculada Mármol

Hay cosas que me cuesta entender. Y una de ellas es cómo hemos conseguido, como sociedad, acostumbrarnos a que asesinen mujeres.

A fecha de 10 de agosto de 2026, 36 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas.

Treinta y seis.

Y corremos el riesgo de escuchar la cifra, lamentarnos unos segundos y continuar con nuestra vida hasta que aparezca la siguiente.

Otra mujer asesinada. Otro minuto de silencio. Otro «ni una más». Y vuelta a empezar.

A mí esto me indigna. Me indigna profundamente que hayamos conseguido incorporar estos asesinatos a una especie de normalidad informativa. Porque 36 mujeres asesinadas antes de llegar a mediados de agosto no son normales. Nunca deberían parecernos normales.

Y esto no es un problema de las mujeres. Es un problema de toda la sociedad.

Durante muchos años este país sufrió el terrorismo de ETA. Cada asesinato convulsionaba a la sociedad. Conocíamos el nombre de la víctima. Había concentraciones, manifestaciones, portadas, indignación. Entendíamos perfectamente que aquel asesinato no era solamente un problema de la persona asesinada y de su familia. Era una agresión que concernía al conjunto de la sociedad.

No estoy diciendo que jurídicamente la violencia machista y el terrorismo sean lo mismo. No lo son. Estoy planteando otra pregunta: ¿por qué no somos capaces de sentir colectivamente una repulsa semejante cuando, año tras año, continúan asesinando mujeres?

¿Cuándo empezamos a acostumbrarnos?

Porque «ni una más» no puede terminar convirtiéndose en un eslogan vacío. No basta con decirlo. Hay que conseguirlo.

NO SON 36 CIFRAS. ERAN 36 MUJERES

Por eso he querido escribir sus nombres. No quiero decir solamente que 36 mujeres han sido asesinadas este año. Quiero recordar que cada número de esa estadística correspondía a una persona y que detrás de cada asesinato quedan hijos, padres, madres, hermanos, hermanas y familias enteras.

Pilar, Quesada (Jaén). Asesinada el 4 de enero.

Czarina, Las Palmas de Gran Canaria. Asesinada el 5 de enero.

María Isabel, Olvera (Cádiz). Asesinada el 11 de enero.

María del Carmen, Badajoz. Asesinada el 12 de enero.

María Paloma, Huesca. Asesinada en enero; su caso fue incorporado posteriormente a la estadística oficial.

Victoria, Alhaurín el Grande (Málaga). Asesinada el 24 de enero.

María Belén, Mos (Pontevedra). Asesinada el 1 de febrero.

Ana María, Benicàssim (Castellón). Asesinada el 16 de febrero.

María José, Xilxes (Castellón). Asesinada el 17 de febrero. Junto a ella fue asesinada su hija Noemí, de 12 años. Existían denuncias previas, una orden de alejamiento y una valoración de riesgo medio.

Petronila, Madrid. Asesinada el 18 de febrero. Tenía una hija menor y un hijo adulto. Existían denuncias previas contra el agresor.

Tatiana, Sarriguren (Navarra). Asesinada el 20 de febrero.

Dolores, Miranda de Ebro (Burgos). Asesinada el 10 de marzo. En el mismo ataque murieron también su madre, Antonia, de 78 años, y una joven vecina de 24 años.

Mercedes, Pedreña (Cantabria). Asesinada el 14 de marzo.

Silvia, Zaragoza. Asesinada el 21 de marzo.

Tulia Ester, Córdoba. Asesinada el 13 de abril. Había denunciado, existía una orden de alejamiento y estaba incluida en VioGén.

Melissa, Seseña (Toledo). Asesinada el 23 de abril. Había iniciado los trámites de divorcio, había denunciado maltrato psicológico y vejaciones y existían antecedentes de quebrantamiento de medidas. El día del asesinato fue atacado también uno de sus hijos.

María Isabel, Tortosa (Tarragona). Asesinada en 2026; su caso fue incorporado a la estadística oficial.

Gema, Santa Úrsula (Tenerife). Asesinada el 6 de mayo. Se había separado recientemente. Durante el ataque también resultó gravemente herida su madre.

Karen Giovanna, Madrid. Asesinada el 9 de mayo.

Marisol, Dolores (Alicante). Asesinada el 16 de mayo. Su hijo Alberto, de 24 años, fue asesinado también.

Saida, Arguedas (Navarra). Asesinada el 16 de mayo.

Kim, Figueres (Girona). Asesinada el 19 de mayo. Su agresor acumulaba antecedentes, había existido violencia anterior y había quebrantado medidas.

Patricia, Callosa de Segura (Alicante). Asesinada el 2 de junio.

Vicky, Málaga. Asesinada el 5 de junio.

Ana, Mairena del Aljarafe (Sevilla). Asesinada el 27 de junio.

Cristina, Málaga. Asesinada meses antes; su cuerpo fue localizado en julio.

María Lourdes, Alicante. Asesinada el 2 de julio. También fue asesinada su hija Lucía, de 20 años, y otra hija resultó herida.

María, Mijas (Málaga). Asesinada el 7 de julio. Junto a ella fue asesinada Patricia, de 31 años, su hija.

Aisha, Madrid. Atacada meses antes y fallecida el 17 de julio como consecuencia de aquella violencia.

María, Antequera (Málaga). Asesinada el 20 de julio.

Rossana Katherine, Alameda de la Sagra (Toledo). Asesinada el 21 de julio.

Melinda, Benahavís (Málaga). Asesinada el 21 de julio. Su caso fue incorporado posteriormente a la estadística al acreditarse la relación con el agresor.

Camila, Barcelona. Asesinada el 28 de julio.

Paula, Santander. Asesinada el 31 de julio.

Laura, Llanes (Asturias). Asesinada el 5 de agosto.

Gloria, Murcia. Asesinada el 5 de agosto.

Treinta y seis nombres. Treinta y seis vidas. Y el año todavía no ha terminado.

LOS NIÑOS TAMBIÉN

En 2026 han sido asesinados además tres menores en casos reconocidos como violencia de género contra sus madres: Noemí, 12 años; Yared, 10 años; y Aitana, 3 años.

Y además están los hijos adultos asesinados durante algunos de estos ataques, que no aparecen en el contador de menores. Alberto tenía 24 años. Lucía tenía 20. Patricia tenía 31.

Hasta principios de agosto, 26 niños y niñas menores habían perdido a su madre por violencia de género en 2026. Veintiséis niños a los que alguien les ha matado a su madre.

¿Y cuántos hijos adultos? ¿Cuántos padres han enterrado a sus hijas? ¿Cuántas madres? ¿Cuántos hermanos y hermanas? Esas cifras ni siquiera las tenemos. El asesinato no termina en la mujer asesinada.

LAURA: CUANDO CONOCEMOS LO QUE OCURRIÓ ANTES

El caso de Laura ha sido uno de los más mediáticos de este año. No porque su asesinato sea más terrible que el de cualquiera de las otras mujeres, ni porque su vida valiera más. Me indignan todas exactamente igual.

La diferencia es que de Laura sabemos mucho más. Su condición de guardia civil, la de su agresor, el hecho de que el asesinato ocurriera en una casa cuartel y las circunstancias posteriores han hecho que los medios hayan reconstruido con enorme detalle los años anteriores.

Laura y su expareja llevaban separados desde 2014. Doce años. Y ni siquiera así consiguió librarse de él.

Durante años continuó hostigándola. Entre 2014 y 2019 presentó decenas de denuncias contra ella. Un mando de la Guardia Civil declaró posteriormente que el propio agresor había reconocido la finalidad de aquel comportamiento: hostigarla.

En 2019 la agredió brutalmente. En 2024 fue condenado a un año y ocho meses de prisión por malos tratos, coacciones y lesiones. Y no ingresó en prisión.

¿Cómo es posible?

Porque nosotros podemos dividir una historia como esta en expedientes: unas coacciones por aquí, una agresión por allá, una condena, una orden de alejamiento, una valoración de riesgo… Pero quien está al otro lado no vive expedientes independientes. Vive años de miedo.

Laura volvió a denunciar. Había manifestado su miedo. Pidió que se reactivara el dispositivo de control. En diciembre de 2025 se consideró que no existía suficiente riesgo objetivo para hacerlo.

Ocho meses después estaba muerta.

El 5 de agosto de 2026, su agresor quebrantó la orden de alejamiento, llegó hasta el cuartel donde trabajaba Laura, consiguió un arma y la asesinó a tiros. Durante los hechos dos guardias civiles resultaron heridos, uno de ellos de gravedad.

Laura dejó tres hijos.

Había conseguido separarse. Había denunciado. Había sido agredida. Él había sido condenado. Existía una orden de alejamiento. Había intervenido VioGén. Había pedido protección. Había dicho que tenía miedo.

Y doce años después de separarse, él consiguió matarla.

¿Qué más tenía que hacer Laura? ¿Qué más tenía que ocurrir para que entendiéramos de lo que era capaz ese hombre?

De Laura conocemos todo esto porque su caso ha recibido una enorme atención mediática. De otras mujeres de esta lista apenas conocemos unas líneas.

¿Cuántas historias parecidas habrá detrás de los demás nombres que nunca llegaremos a conocer?

No conocer su historia no significa que no la tuvieran.

SALE DEMASIADO BARATO MALTRATAR

Y aquí es donde para mí aparece uno de los problemas fundamentales: la proporcionalidad.

El daño que provoca un maltratador puede ser enorme y prolongarse durante años: violencia física, violencia psicológica, control, humillación, amenazas, miedo, dependencia económica, aislamiento, persecución incluso después de terminar la relación.

Y después llegan las consecuencias judiciales. Muchas veces tarde. Demasiado tarde.

¿Qué mensaje estamos transmitiendo a quien ya está maltratando y a quien algún día pueda hacerlo?

La sensación que queda es terrible: sale demasiado barato maltratar.

Existe además una idea instalada en determinados sectores de nuestra sociedad: que muchas mujeres utilizan las denuncias de violencia para perjudicar a sus maridos o parejas. No niego que pueda existir algún caso. Lo que rechazo es convertir la excepción en una sospecha permanente sobre las mujeres que denuncian.

Una mujer puede haber pasado años soportando vejaciones, miedo, amenazas o control antes de atreverse siquiera a contar lo que ocurre. Y cuando finalmente lo cuenta tiene que conseguir que la crean.

«PUES QUE SE SEPARE»

También es tremendamente fácil decir: «Pues que lo deje». «Que se divorcie». «Que no vuelva con él».

¿Y adónde se va? ¿Quién paga la vivienda? ¿Cómo mantiene a sus hijos? ¿Qué ocurre con la hipoteca? ¿Y si depende económicamente de él? ¿Y si lleva años psicológicamente sometida? ¿Y si tiene miedo?

No todas las dependencias son sentimentales. También existe la dependencia económica. Existe la vivienda. Existen los hijos. Existe el aislamiento.

Por eso no basta con decirle a una mujer: «Denuncia».

Después de denunciar tenemos que conseguir que pueda salir de esa relación y que no tenga que volver.

Una vez acreditada una situación de maltrato, creo necesario que una mujer que quiera romper definitivamente ese vínculo pueda hacerlo con enorme rapidez y con garantías económicas, de vivienda, familiares y de seguridad suficientes.

Porque la libertad teórica de marcharse sirve de bastante poco cuando materialmente no puedes permitirte hacerlo.

TAMBIÉN EDUCAMOS MEDIANTE LAS CONSECUENCIAS

Creo que hemos acumulado demasiados años de experiencia para continuar tratando cada episodio como un acontecimiento aislado.

Cuando existe un patrón acreditado de violencia, cuando hay reincidencia, amenazas, persecución, quebrantamientos o riesgo para la víctima, creo que la respuesta tiene que ser mucho más contundente.

Justicia más rápida. Penas realmente proporcionadas al daño. Prisión cuando la gravedad y el riesgo lo justifiquen. Control efectivo de los agresores. Y muchísima menos tolerancia frente al quebrantamiento de las medidas de protección.

Y cuando hablamos de asesinato mi posición es todavía más clara: quien asesina a su pareja o expareja tiene que saber que va a pasar muchísimos años en prisión.

Creo necesario que, como sociedad, dejemos absolutamente claro que maltratar, perseguir, aterrorizar y finalmente matar a una mujer tiene consecuencias extraordinariamente graves.

Porque también educamos mediante los límites que ponemos.

UN PROBLEMA DE TODOS

No todos los hombres son maltratadores. Ni muchísimo menos. Esto no es una guerra entre hombres y mujeres. El problema son los maltratadores. Y también es un problema nuestra respuesta como sociedad.

Cuando sabemos que un vecino controla a su mujer y pensamos que son cosas de pareja. Cuando escuchamos una humillación y miramos para otro lado. Cuando un hombre persigue a su expareja y alguien todavía interpreta que lo hace porque está enamorado. Cuando una mujer dice que tiene miedo y nuestra primera reacción consiste en preguntarnos si estará exagerando.

La violencia machista no aparece el día del asesinato. El asesinato es el final.

Y quizá ese sea uno de nuestros mayores errores: empezar a mirar cuando ya hay un cadáver.

Tenemos que mirar antes. Escuchar antes. Proteger antes. Y actuar antes.

Porque después llegan los minutos de silencio, las declaraciones institucionales, las concentraciones, y volvemos a decir: «Ni una más».

Treinta y seis mujeres asesinadas en poco más de siete meses. Tres niños asesinados. Veintiséis menores que han perdido a su madre. Hijos adultos asesinados junto a ellas. Madres asesinadas intentando estar a su lado. Hijos heridos. Familias enteras destrozadas.

Esto no es una sucesión de desgracias privadas. Esto es un problema de la sociedad.

Una sociedad que conoce el problema, que lleva décadas contando víctimas, que dispone de experiencia, leyes, estadísticas y sistemas de valoración del riesgo, ya no puede conformarse únicamente con lamentar cada asesinato.

Hay que preguntarse qué está fallando. Hay que cambiar lo que no funciona. Hay que proteger de verdad. Y hay que dejar meridianamente claro que ejercer violencia contra una mujer no puede salir barato.

Porque no basta con decir que la violencia machista es intolerable.

Tiene que dejar de ser tolerada en la práctica.

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