Nuestra vida no puede esperar: cuando el sistema público falla, fallamos todas
Hace semanas que sigo con atención lo que está ocurriendo en Andalucía. Lo que empezó como un “fallo técnico” en el programa de cribado de cáncer de mama ha acabado destapando una crisis sanitaria de enorme gravedad. No hablamos solo de errores puntuales: hablamos de vidas que se ponen en riesgo, de mujeres que no fueron informadas a tiempo de lesiones sospechosas y que hoy enfrentan un cáncer en fases más avanzadas del que podría haberse detectado si el sistema hubiera funcionado.
Rosa Martín, Trabajadora de la Sanidad Pública y delegada del Mats
Cómo empezó todo
Las primeras denuncias llegaron de la Asociación de Mujeres con Cáncer de Mama de Sevilla (Amama). Fueron ellas quienes escucharon los testimonios de mujeres que acudían a revisión después de notar un bulto, y descubrieron que ya tenían mamografías
previas con informes que señalaban una posible lesión… pero que nunca fueron comunicadas. En muchos casos, esas pruebas se habían realizado un año antes.
En el caso del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, al menos 1.800 mujeres no fueron informadas de los resultados de sus mamografías, algunas con lesiones sospechosas que ahora se han confirmado como cáncer. Detrás de esas cifras hay vidas truncadas, diagnósticos tardíos y familias rotas por la angustia y la desidia institucional.
Cuando se conoció el escándalo, se habló de una “incidencia puntual” en el sistema informático. Pero pronto se comprobó que el problema era más amplio y estructural: falta de personal, protocolos ineficaces, sobrecarga asistencial y una gestión más preocupada
por la estadística que por lasalud. En Granada y Jaén se repitieron casos similares. Y como si no bastara, algunas afectadas han denunciado incluso la desaparición de historiales médicos en las plataformas digitales del SAS. No estamos ante un error técnico, sino ante un síntoma grave del deterioro de la sanidad pública.
La respuesta institucional y la voz de las afectadas
El Parlamento Andaluz ha aprobado una serie de medidas, inversiones y planes digitales, prometiendo una “revolución” en los cribados oncológicos. Pero mientras los discursos hablan de inteligencia artificial y eficiencia, la realidad en los hospitales es otra: menos
profesionales, más carga de trabajo y más externalizaciones. Externalizar los sistemas informáticos, los servicios de diagnóstico y las plataformas de gestión sanitaria a empresas privadas que acumulan contratos millonarios.
Las mujeres afectadas no se conforman con promesas. Se han organizado bajo el lema “Nuestra vida no puede esperar”, y con toda la razón. Porque cuando se trata de salud, no hay margen de espera. Cuando los resultados de una prueba tardan meses, o no llegan, no hablamos de burocracia: hablamos de vidas humanas.
Lo que pasa en Andalucía resuena también en Madrid.
Quien piense que esto es un problema “del sur” se equivoca. En la Comunidad de Madrid vivimos esa misma historia con otros nombres. A finales de mayo de 2025 había más de un millón de personas esperando para ver a un especialista, someterse a una operación o realizar una prueba diagnóstica.
Solo en pruebas diagnósticas, casi 200.000 pacientes aguardaban una cita, con una demora media de 60 días. En hospitales como La Paz o el 12 de Octubre, los tiempos superan los dos meses.
Y si hablamos de mamografías, el panorama es especialmente grave. Las listas de espera para esta prueba han crecido en la mayoría de los centros públicos durante el último año. Mientras tanto, los centros externalizados mantienen tiempos más bajos y estables, lo que deja claro hacia dónde se está empujando el sistema: a que la gente pierda la confianza en lo público para justificar más negocio privado.
Y mientras los tiempos se alargan, las consecuencias clínicas son graves. Cada mes de retraso en un diagnóstico oncológico puede significar pasar de un tumor localizado a uno extendido, de una cirugía conservadora a una más agresiva, o incluso a un pronóstico
irreversible. No hay excusa posible para demorar una prueba diagnóstica que puede salvar vidas.
No son fallos, es una política
Lo que ocurre es un patrón que se repite en otras comunidades como Valencia y Galicia, casualmente gobernadas por el PP al igual que Madrid, son claro ejemplo. Este desmantelamiento planificado se disfraza con palabras como “eficiencia”, “colaboración público-privada” o “transformación digital”, pero en realidad lo que significa es menos recursos para lo común y más negocio para unos pocos.
Lo que ha ocurrido con los cribados de cáncer de mama es solo la punta del iceberg.
Detrás hay un modelo que vacía la sanidad pública, la convierte en un negocio y la deja sin capacidad para responder alas necesidades reales de la población. Y no solo ocurre con el cáncer: pasa con las enfermedades cardiovasculares, las pruebas neurológicas, las
intervenciones quirúrgicas que se aplazan por falta de quirófanos o de personal.
La digitalización como excusa
Ahora nos hablan de “revolución digital” y de inteligencia artificial para mejorar la gestión sanitaria. Pero en realidad, esa digitalización no está pensada para reforzar lo público, sino para abrir otra puerta más a la privatización.
Los sistemas informáticos, las plataformas de gestión, los servicios de diagnóstico… cada vez más se entregan a empresas privadas que convierten nuestros datos y nuestras pruebas en negocio.
Por supuesto que la tecnología puede ser una herramienta útil, pero sin profesionales suficientes, sin tiempo para atender, sin estabilidad laboral y sin condiciones dignas, la inteligencia artificial no cura.
Lo que hace falta es lo esencial: tiempo, profesionales y cuidado. Porque la atención sanitaria no es una aplicación, sino una relación humana entre quien necesita ser atendido y quien la atiende.
Y cuando esa cadena se rompe, el daño no se mide solo en cifras, sino en angustia, en enfermedad y en pérdida de confianza.
Nuestra respuesta: cuidar lo común
Como trabajadora de la sanidad pública y como mujer, me resulta imposible leer lo que está ocurriendo sin sentir una mezcla de rabia y tristeza. Porque detrás de cada retraso hay una vida que podía haberse salvado. Creo firmemente que las cosas podrían ser muy distintas si se invirtiera en reforzar lo que ya tenemos: hospitales públicos con personal suficiente, servicios estables y protocolos claros.
Y porque sé que los y las trabajadoras de sanidad —en Andalucía, en Madrid, en toda España— hacen malabares cada día para sostener un sistema que se desmorona mientras quienes deberían defenderlo miran para otro lado.
Esto no va de errores aislados ni de culpables individuales. Va de un modelo que abandona a las pacientes, agota a las trabajadoras/es y debilita lo público.
Va de un sistema que, si no se defiende colectivamente, seguirá convirtiendo el derecho a la salud en un privilegio.
Lo que necesitamos ahora
Necesitamos que la ciudadanía lo entienda. Que nadie crea que esto no le afecta. Porque hoy es el cribado de cáncer de mama, pero mañana puede ser la lista de espera de una cirugía, la falta de pediatras o la demora de un resultado crítico.
Y cuando el sistema falla, no falla un ordenador, fallamos todas y todos si no reaccionamos.
Desde el MATS decimos alto la sanidad pública se defiende, cada una de nosotras, desde dentro, desde cada hospital, desde cada centro de salud, desde cada barrio.
Hay que decir basta, exigir transparencia, y construir colectivamente un sistema donde nadie se quede sin atención.
Porque nuestra vida no puede esperar.