Enfermar no es un privilegio

Enfermar no es un privilegio

Cuando una baja médica tiene rostro: las historias que hay detrás de las cifras

Manuel tiene 42 años. Un cólico nefrítico en el riñón le obligó a permanecer de baja durante al menos ocho días. Para algunos, una baja de esta duración puede parecer excesiva. Para quien sufre un dolor intenso e incapacitante, es simplemente el tiempo necesario para recuperarse.

Loli tiene 27 años. Su embarazo de riesgo hizo necesario que tuviera que abandonar temporalmente su puesto de trabajo. Una baja que puede prolongarse hasta el nacimiento de su hijo y enlazar posteriormente con el permiso de maternidad. Una situación que no responde a una decisión personal, sino a una necesidad médica.

Julia tiene 53 años. Le diagnosticaron cáncer de mama. Comienza entonces un proceso largo, complejo e incierto, con tratamientos, pruebas y una lucha que puede cambiar completamente la vida de una persona y de su entorno.

José tiene 42 años. Sufre depresión y ansiedad grave. Una enfermedad invisible para muchos, pero que puede hundir poco a poco a quien la padece. Una realidad que todavía encuentra incomprensión y prejuicios en una parte de la sociedad.

Francisco tiene 62 años. Recientemente sufrió un infarto que le hizo replantearse su vida y afrontar un proceso de recuperación física y emocional.

Miguela tiene 28 años. Una tendinitis severa en el hombro le impide desarrollar su trabajo con normalidad y está pendiente de una intervención quirúrgica.

Rubén tiene 52 años. Un accidente de tráfico, sufrido mientras realizaba una actividad cotidiana, le provocó una incapacidad temporal que le obligó a parar.

Son siete nombres. Siete historias. Siete personas que representan una realidad: detrás de cada baja médica hay una enfermedad, un accidente o una situación personal que merece respeto.

¿Un problema de salud o una etiqueta?

En recientes declaraciones, el líder de la oposición ha calificado las incapacidades temporales como un “cáncer”, una expresión que ha generado una fuerte polémica por equiparar, según sus críticos, situaciones de enfermedad real con el debate sobre el absentismo.

Se han utilizado cifras que apuntan a que cerca de un 40% de las bajas podrían no estar justificadas. Sin embargo, estos datos deben analizarse con cautela, ya que la realidad laboral española ha cambiado notablemente en los últimos años.

Desde 2014, el número de personas trabajadoras en activo ha aumentado aproximadamente un 36%. Es decir, hoy hay más personas trabajando y, por tanto, más población expuesta a sufrir enfermedades o accidentes laborales. Comparar únicamente el número de bajas sin tener en cuenta el incremento del empleo puede ofrecer una visión incompleta.

Además, si España se compara con otros países europeos, los datos muestran que no somos uno de los países con mayor absentismo. Según los datos manejados en diferentes estudios comparativos, Noruega se sitúa en torno al 17%, seguida de Dinamarca y Suecia con cifras cercanas al 16,7%, mientras que España se sitúa alrededor del 12,3%.

El fraude, cuando exista, debe perseguirse. Pero una cosa es combatir los abusos y otra muy distinta convertir la enfermedad de miles de trabajadores y trabajadoras en un problema colectivo.

Porque una incapacidad temporal no es un privilegio. Es una herramienta de protección para que una persona pueda recuperarse y volver a su puesto de trabajo con garantías.

Antes de hablar de “cáncer”, conviene recordar algo fundamental: detrás de cada baja hay una historia humana.

Ivan

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