Calentamiento global: La humanidad ha entrado ya en la era de las consecuencias
Jesús Jaén Urueña
“La humanidad se enfrenta a su reto más difícil. Un desafío para el que la tradición humanista no la ha preparado. La aceleración del cambio climático acabará con el confortable entorno al que estamos adaptados. El cambio es una parte normal de la historia geológica. El más reciente fue la transición de la Tierra de un largo período de glaciación a su actual estado templado interglacial. Lo inusual de la crisis venidera es que nosotros somos su causa; nada tan drástico había pasado desde el largo período cálido de principios del Eoceno, hace cincuenta y cinco millones de años, el cambio más profundo que ha habido entre la época glacial y el siglo XIX y que duró doscientos mil años”. (James Lovelock. La venganza de la Tierra)
Cuesta aceptar lo que está pasando. En el brevísimo intervalo de lo que es la vida de un ser humano están sucediendo acontecimientos de una dimensión geológica y es posible que catastrófica. Este artículo es uno más en la búsqueda del despertar de nuestras conciencias y alentar las luchas contra el cambio climático.
Ocho de cada diez personas que residen en Europa y siete de cada diez a nivel mundial, vivirán en el año 2050. Seguramente sufrirán los rigores del clima, descensos energéticos, crisis alimentarias y un éxodo migratorio en un mundo superpoblado de diez mil millones de seres humanos. Las niñas y niños que hoy llevamos al colegio tendrán aproximadamente nuestra edad cuando se acabe este siglo. Esas serán las generaciones que afrontarán las consecuencias más severas del cambio climático.
Mi generación creció cuando los problemas ecológicos no eran tan graves. Cuando nuestra lucha era cambiar el mundo sin más. Cuando el horizonte de una sociedad mejor se atisbaba como probabilidad. Sin embargo, nos hemos adentrado en una nueva era, en donde los que quieran cambiar el mundo, tendrán la enorme limitación de intentarlo en condiciones materiales y políticas peores que nosotros. No habrá abundancia ni riqueza material como ahora si el mundo sufre un aumento de 4 o 5º centígrados más de media global sobre la temperatura preindustrial. El socialismo por el que lucharán no será una sociedad mejor que la actual sino un proyecto que James Loveclock ha llamado “la retirada sostenible”.
Quizás porque me eduqué y fui parte de las exageraciones políticas de mi generación, es por lo que trato de distinguir los matices en cada momento. Por eso tomo cierta distancia cuando oigo hablar de “colapsos” o “revoluciones inminentes”. Hay que ajustarse a los hechos porque la ideología personal no puede formar parte del análisis. Cada generación afrontamos nuestro particular mito en mayor o menor medida. En este caso, sin embargo, los informes que estoy leyendo sobre el calentamiento global, el cambio climático y la crisis ecosocial, no ofrecen lugar a las dudas. Desde el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) hasta la WMO (World Meteorological Organization), NASA (National Aeronautics and Space Administration) y NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration); la comunidad científica mundial (en un 97%) coincide en que nos encontramos no solo en una emergencia climática mundial, sino incluso en una peligrosa espiral aceleracionista en los últimos once años.
No quiero abrumar con las cifras pero los años 2023, 2024 y 2025 son los más cálidos desde que hay registros (1850) y, con bastante probabilidad, también lo son de la era interglaciar. El promedio es de +1.48º centígrados más de la media global que tuvo el período preindustrial. Si tomamos en cuenta que los últimos once años registraron una subida media de +108º centígrados comprobaremos hasta qué punto el calentamiento global se está acelerando.
Las proyecciones a largo plazo no son sencillas de establecer aunque algunos climatólogos dicen que es más sencillo calcular el clima de dentro de unas décadas que la temperatura de la semana próxima. No sé si es así. Pero la estimación media para el año 2050 tomando en cuenta lo que está pasando en los últimos once años apunta a que la temperatura del planeta podría llegar a sobrepasar los +3.79º centígrados en relación con el período preindustrial. Esto significa rebasar el objetivo de la Agencia Internacional de la Energía en más del doble. Teniendo en cuenta que la temperatura media del planeta en 1850 era de 13.7º centígrados aproximadamente y que en estos momentos está un poco por encima de 15º centígrados, en el año 2050 podríamos tener unos 17.5º centígrados de media global en el planeta.
Con esa temperatura la Tierra sufriría colapsos climáticos en varias regiones: desertización; incendios gigantescos; inundaciones; desaparición de grandes capas de hielo en Groenlandia y también los arrecifes de coral. La extinción masiva de plantas y especies; proliferación de patógenos desconocidos y la reducción radical de las zonas cultivables del planeta. Subiendo a unos 20º centígrados la temperatura media se considera incompatible con la vida.
¡Hemos calentado la Tierra a toda prisa! Si tomamos en cuenta los últimos 60.000 años, desde que Sapiens salió de sus hábitats; hemos tardado 3 minutos y 34 segundos de las 24 horas que tiene un día. Esto es así por el consumo compulsivo de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) a lo largo de siglo y medio. Con la revolución industrial, el capitalismo, desató un proceso de producción masiva y de consumo en amplias capas de las sociedades modernas. Somos una civilización capitalista pero también fósil. La sangre negra que riega el sistema circulatorio de la civilización sale de las entrañas de la Tierra para expandirse a la atmósfera.
Nuestra atmósfera es única en el sistema solar. La combinación de distintos gases a lo largo de millones de años ha cambiado. El CO2 está en cantidades muy pequeñas 0.04% pero su importancia es decisiva para retener el calor y posibilitar la vida. Cualquier variación, por minúscula que sea, puede tener impactos devastadores. Por eso las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero se miden por partículas por millón en la atmósfera. La quema de combustibles fósiles hace que aumente el dióxido de carbono y el efecto invernadero.
Durante miles de años el CO2 se ha mantenido en cantidades constantes o con pocas variaciones: entre 260 y 280 ppm en los últimos diez mil años. A partir de 1850 comenzó un ascenso hasta que en 1950 se llegó a 310 ppm. Sin embargo, desde los años setenta y mucho más a partir del nuevo siglo se produce una aceleración provocada por un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. La quema de combustibles fósiles está subiendo en la medida que aumentan el número de países industrializados, la economía y el comercio se hacen globales, se pasa a una agricultura expansiva e intensiva, se talan grandes superficie de bosque y selva, se derriten los glaciares, etc, etc. En 2025 la estación de Manu Loa Observatory registró la cifra de 430 ppm, muy cerca ya de las 500 ppm que serían uno de los puntos críticos irreversibles y potencialmente catastróficos.
Estos puntos críticos conocidos como “Turning Points” son los que la comunidad científica internacional tiene marcados como un paso definitivo hacia el umbral de un cambio del sistema climático global. “Hemos abierto las puertas del infierno” dijo Antonio Guterres en el año 2023 ante la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York.
Los otros puntos de inflexión son el aumento de las temperaturas en 1.5 o 2º centígrados; el deshielo marino del Ártico y Groenlandia; la pérdida acelerada de hielo en la Antártida occidental; la ralentización o colapso de la corriente oceánica AMOC (Circulación de Vuelco Meridional Atlántico); la muerte de los arrecifes de coral; la pérdida de la selva amazónica (un 17% desde 1970) y de los bosques boreales que actúan como sumideros de carbono y la desaparición masiva de especies.
La Tierra es un metabolismo autorregulado e interconectado donde todas sus capas actúan sobre la biosfera. Cuando se descompensa uno desequilibra a todos los demás desencadenando lo que se llama efecto en cascada o “positive feedback». Esto es lo que ocurre cuando a través de las actividades humanas dañan la capa de ozono o emiten exceso de dióxido de carbono que las plantas no son capaces de reciclar a través de la fotosíntesis.
Los expertos señalan que actualmente los bucles más determinantes y negativos son: la desaparición del permafrost que disminuye el albedo y libera cantidades de metano aumentando las temperaturas. El calentamiento de los océanos que retienen el 91% de las radiaciones solares y que aumenta la acidificación provocando la muerte de miles de especies. La desaparición de la selva amazónica y los bosques boreales que retienen carbono y podrían pasar de sumideros a exportadores de dióxido de carbono hacia la atmósfera y el posible colapso total o parcial (entre un 30 y un 40%) de la corriente oceánica del Atlántico Norte que es un regulador mundial de la temperatura y cuya desaparición provocaría dos efectos devastadores: una bajada de temperaturas en gran parte del Hemisferio norte (hasta 10º centígrados menos y un cambio en los patrones de precipitación en el Hemisferio sur).
¡El futuro ya está aquí! No estoy hablando de una canción sino del cambio climático. También podemos decirlo de manera un poco más prosaica: hemos entrado en la era de las consecuencias. ¿Pero cómo hemos podido llegar a esta situación?
El camino que hemos recorrido ya está descrito en términos científicos pero cuesta mucho más explicar cómo una especie inteligente no reacciona a tiempo ante su posible extinción. Decía Andreas Malm que el comportamiento de las sociedades había sido muy distinto con la pandemia del covid que con el cambio climático. Es más sencillo concienciar a la población de un peligro inminente y palpable que de otro que no se manifiesta de golpe ¿Reaccionaremos cuando ya sea demasiado tarde? Y si es así ¿Qué clase de reacciones podemos esperar?
El profesor, activista y escritor Jorge Riechmann denomina el siglo XXI como el “siglo de la gran prueba”. En mi caso prefiero utilizar la idea del siglo de las consecuencias. A partir de ahora -ya lo estamos sintiendo- las poblaciones tendrán que convivir con fenómenos extremos cada vez más fuertes y recurrentes: los incendios forestales gigantescos, las danas o lluvias torrenciales, las olas de calor, las inundaciones, ciclones y huracanes, la pérdida de cosechas, apagones energéticos, nuevas patologías que podrían transformarse en pandemias, etc, etc. Parece la lista de la compra para viajar por el infierno pero es lo que nos están diciendo los expertos y científicos del clima.
Siendo así tendrán (tendremos) que adoptar dos grandes estrategias. Por una parte la mitigación y por otra la adaptación. Mitigar el calentamiento global es como utilizar antibióticos cuando estamos enfermos con fiebre alta provocada por una infección bacteriana. Las políticas de transición energética se inscriben en esa estrategia y aunque tengo una opinión muy crítica hacia ellas (siento no poder desarrollar aquí este tema), creo que también suman a la lucha contra los combustibles fósiles.
La otra estrategia es el decrecimiento económico con el que estoy de acuerdo pero con algunas puntualizaciones. En realidad no hay más solución de fondo que hacer que la producción y el consumo desciendan en los países y sociedades capitalistas avanzadas entre los que incluyo también a China, Rusia o la India. Esta estrategia es compatible con una apuesta por la energía solar y eólica pero sobre todo con aumentar la eficiencia energética y alimentaria (Vaclav Smil dice que el 40% de los alimentos que se producen a nivel mundial se tiran a la basura).
Estando de acuerdo con una reducción de la producción y el consumo creo que el capitalismo de hoy nunca aceptará voluntariamente un descenso de sus beneficios, y si en algún momento llegara a optar por un decrecimiento planificado -desde dentro del propio sistema- creo que no será el fruto del altruismo empresarial sino de un shock de las materias primas, el petróleo, o un giro político de la actual tendencia política mundial.
Pese a todo creo que la gran tarea es apostar desde ya por unas estrategias de adaptación de nuestras sociedades ante la intensidad creciente del calentamiento y las crisis climáticas que están por llegar. En ese sentido, aunque bien es cierto que hay alguna planes por parte de algunos gobiernos, pienso que no se está debatiendo lo suficiente; que son las poblaciones las que tienen que ponerse a la cabeza empezando por aquellos sectores más vulnerables desde el punto de vista económico y social ¿Por qué las organizaciones ecologistas, los sindicatos y la izquierda no abrimos este debate en los procesos electorales? ¿A qué esperamos? ¿Acaso tenemos miedo de asustar a la gente y que nos dejen de votar?
La adaptación comienza por un debate que afecta a todos los ámbitos urbanos, rurales, laborales, académicos, sanitarios, militares, ocio, transporte, vivienda, turismo, etc. No hay un solo aspecto de nuestras vidas que no esté atravesado por el cambio climático. No intentaré aquí desarrollar un tema que merece un espacio propio, pero los cálculos de esta adaptación global supondrá seguramente inversiones económicas tan cuantiosas o más que los fondos que se destinan a la transición energética. Para más información recomiendo la lectura del libro “Adaptación al cambio climático” del profesor Juan M. Martínez-Orozco. Algunos ejemplos.
Habrá que reemplazar la mayor cantidad posible de cemento, hormigón y otros materiales que atraen y retienen el calor por zonas verdes o suelo de tierra que además absorbe el agua de las lluvias. Construir refugios climáticos en los entornos urbanos. Climatizar hospitales, colegios, universidades. Reemplazar el transporte actual por un transporte público no contaminante. Invertir en los sistemas de salud pública para hacer frente a una situación que provocará una tensión máxima como ya ocurrió en la pandemia del covid. Mejorar la gestión y empleo de agua potable. Incrementar los recursos hacia los bosques para mitigar los incendios y las inundaciones. Cambiar el régimen laboral y los horarios de aquellas personas que trabajan en las calles. Adecuar las ciudades costeras ante la subida del nivel del mar y ante los fenómenos extremos. Reducir drásticamente el consumo energético priorizando los servicios esenciales,…
La era de las consecuencias será uno de los momentos o quizás el momento más crítico desde que Sapiens hace 60.000 años, cruzó el estrecho de Bab el-Mandeb para pasar a Eurasia. Aquellos antepasados no tenían ni idea de lo que les esperaba. No sabían que tendrían que superar la gran era del hielo (Glaciación de Würm). Nosotros en cambio conocemos, más o menos, el pasado y tratamos de discernir el futuro. Un futuro que ya está aquí, que está dejando de serlo para transformarse en presente. Aquellos humanos eran muy vulnerables ¿Y nosotros? También. Pero podemos luchar si aceptamos nuestra condición de humanos y dejamos de aspirar a ser los dioses de la creación.
26 de abril de 2026