Carta abierta a quienes aún creen en lo Público
Soy trabajadora de la Sanidad Pública Madrileña. En 2023 conseguí mi plaza fija tras casi veinte años encadenando contratos precarios, siendo interina desde 2015, como tantísimas compañeras. Años de incertidumbre, de pelear por un derecho tan básico como la estabilidad. Años de maltrato institucional que se ha normalizado. ¿En qué empresa pasaría esto sin escándalo? ¿Dónde se consiente que una persona pase décadas encadenada a la precariedad?
He trabajado siempre en la Sanidad Pública Madrileña. Y he sido testigo, desde dentro comotrabajadora y desde fuera, como usuaria, como hija, como madre, como vecina el deterioro sistemático de este derecho. Porque soy las dos cosas: trabajadora que cuida… y persona que también necesitará ser cuidada.
Estoy cansada.
Cansada de la precariedad, de los abusos disfrazados de normalidad, de ver cómo nos maltratan laboralmente mientras se llenan la boca hablando de «vocación».
Cansada de que nos cambien los turnos sin justificación, de doblar jornadas porque “no hay nadie más”, cubrir huecos vacíos sin rechistar, de el ninguneo a nuestra vida fuera del trabajo, de una conciliación imposible, de decisiones arbitrarias, de que nos traten como piezas que se pueden mover a su antojo. Y no, no es solo inmoral: es ilegal.
Cansada de que la palabra “servicio público” haya dejado de significar cuidado, protección y garantía, para convertirse en sinónimo de abandono.
Durante todo este tiempo he trabajado con entrega, profesionalidad y vocación. Pero también he visto cómo se deterioran nuestras condiciones laborales, cómo el desprecio institucional se hace costumbre y cómo nos tratan como piezas desechables.
Estoy preocupada.
Porque lo que vivimos dentro es cada vez más insostenible: faltan recursos, falta personal, falta planificación. Pero no faltan excusas para justificar el abandono. Y mientras, se abre camino un modelo donde lo privado gana terreno y lo público se vacía de sentido.
Hace años que vemos como los hospitales van perdiendo camas, que las plantillas se reducen,que los servicios se privatizan y disminuyen en calidad y se degradan, que la Atención Primaria se sobrecarga, y como la ciudadanía espera más por menos. Nos están llevando al límite para que la gente crea que la Sanidad Pública ya no funciona. Que no hay otra salida que lo privado. Y todo esto por la misma razón: la reducción sistemática del presupuesto para la Sanidad Pública y la derivación progresiva hacia la Sanidad Privada.
La Sanidad Pública ha pasado de ser un derecho de todas y un orgullo colectivo, a convertirse en un negocio para unos pocos.
Y lo que más duele es que todo esto no es casual. Es una estrategia: precarizar hasta que nada funcione, para que la gente acabe creyendo que la única salida es pagar.
Y eso nos rompe el alma a quienes sí creemos en lo público. A quienes seguimos sosteniéndolo cada día, con lo que nos queda, para que no termine de caer.
Como profesional estoy harta. Pero como usuaria también tengo miedo. Miedo de que si mañana mi madre, mi hija, mi vecina… necesita ayuda, no tenga dónde acudir sin que le pregunten cuánto puede pagar.
Van a decir que no hay personal. Que no se puede sostener la Sanidad Pública. Y será verdad… porque nos están echando.
Porque ya están preparándolo todo para regalarla a sus empresas amigas. Lo hemos visto: inauguran clínicas privadas mientras desmantelan lo público. Se inventan modelos de gestión que no funcionan, que solo sirven para encubrir el saqueo.
Y todo esto, además de inmoral, es ilegal. Machacar a los y las trabajadoras cambiando turnos sin razón, doblando jornadas en lugar de contratar personal, sin pensar en nuestra conciliación y nuestras vidas. Utilizar dinero público para alimentar intereses privados. Todo eso es ilegal.
Como profesional, me duele ver cómo se deteriora mi lugar de trabajo, cómo se normaliza la sobrecarga, cómo se convierte en rutina el maltrato.
Estoy indignada con esos sindicatos mayoritarios que han mirado hacia otro lado mientras todo esto ocurría. Que se han sentado en mesas sin levantar la voz. Que no han defendido ni nuestros derechos laborales ni nuestro trabajo como garantía de un sistema público. ¿Dónde estaban mientras se nos robaban años de vida en precario? ¿Dónde están ahora, cuando el desmantelamiento es descarado?
Estoy triste.
Porque nos han hecho creer que no hay alternativa. Y porque muchas compañeras en este clima han dejado de luchar. No por falta de convencimiento, sino por agotamiento. Pero no podemos permitir que el cansancio se convierta en derrota. Ni que el miedo nos paralice.
Porque lo que están haciendo es destrozar el futuro de todos. Lo que antes era un sistema que garantizaba una atención digna y equitativa, ahora es un campo de batalla. Quieren que lo público no funcione, para justificar lo privado.
Ante todo esto, las trabajadoras, ¿vamos a seguir en silencio?
Es verdad: estamos agotadas, desmotivadas, quemadas. Pero también es cierto que somos imprescindibles. Y que, si paramos juntas, se para todo. Esa parada sí que sería insostenible para quienes nos están desmantelando.
Nos falta organización, sí. Nos falta confianza, también. Pero nos sobre razón y motivos para actuar. Y aún hay tiempo, si decidimos no resignarnos.
Es momento de buscar el encuentro, de dejar el miedo atrás, de reconocernos y unirnos. Acudamos a sindicatos combativos, a plataformas por lo público. Exijamos explicaciones a nuestras gerencias. Denunciemos lo que está mal. Hagamos grupos de trabajo. Pensemos estrategias. Actuemos, aunque seamos pocas al principio. Porque la historia siempre la empiezan unas pocas que se atreven. Estoy convencida de que podemos. Pero hay que dar el primer paso.
Yo no me resigno. No me callo. No me rindo.
Porque soy trabajadora, soy usuaria, y sé que lo público se defiende con hechos.
Rosa, una trabajadora de la Sanidad Pública que no se resigna