Sin las mujeres no hay sanidad ni residencias
La sanidad y las residencias públicas se sostienen sobre el trabajo de miles de mujeres, pero sus derechos siguen invisibles
Cada 8 de marzo recordamos que las mujeres seguimos luchando. Que nuestras vidas importan. Que nuestros derechos no son opcionales. Este 8M, las trabajadoras de la sanidad y los cuidados alzamos la voz.
La sanidad y las residencias públicas se sostienen cada día gracias al trabajo de miles de mujeres: médicas, enfermeras, TCAEs, técnicas, administrativas, celadoras, personal de limpieza y tantas otras que hacen posible hospitales, centros de salud y residencias. Sin embargo, mientras cuidamos vidas, seguimos enfrentándonos a precariedad laboral, sobrecarga de trabajo y enormes dificultades para conciliar nuestras propias vidas.
Distintas categorías. Distintas responsabilidades. Una misma realidad: la precariedad.
El trabajo sanitario ha estado históricamente feminizado y subvalorado. Con raíces profundas durante décadas, cuidar se consideró “natural” en las mujeres, algo que no merece derechos, ni reconocimiento, ni condiciones dignas. Esta tradición explica salarios más bajos, menor acceso a puestos de responsabilidad y una sobrecarga de cuidados que recae principalmente sobre nosotras.
Cuidamos vidas en los momentos más frágiles: cuando alguien nace, cuando enferma, cuando sufre, cuando muere. Pero cuando hablamos de nuestras propias condiciones de trabajo, la realidad es otra: precariedad, temporalidad, sobrecarga y dificultades para conciliar la vida personal y familiar.
La sociedad ha sostenido durante siglos los cuidados sobre los hombros de las mujeres, muchas veces invisibles e ignoradas. Ese trabajo invisible, imprescindible para que todo funcione, ha sido devaluado. Y eso ocurre también en nuestros centros sanitarios y residencias.
Conciliar trabajo y vida familiar sigue siendo una batalla diaria. Turnos rotatorios, noches, festivos, guardias y jornadas maratonianas. Salimos del trabajo y comienza otra jornada invisible: hijos, hijas, personas mayores, familiares dependientes. Cada reducción de jornada o permiso familiar se convierte en una lucha: retrasos cuando pedimos nuestras reducciones, cambios de turno denegados, presiones constantes. Se nos exige justificar cada minuto, se nos hace sentir culpables, se nos dice que “no hay personal”. Todo mientras seguimos sosteniendo un sistema saturado.
Como si ejercer un derecho fuera pedir un favor.
La conciliación no es un privilegio. Es un derecho.
La conciliación no depende de la buena voluntad de supervisores ni de la saturación del centro.
La conciliación debe existir
Turnos cambiantes, noches, guardias y horarios incompatibles con la vida familiar obligan a malabares diarios para cuidar a nuestras familias. Algo tan básico como poder dejar a nuestras hijas e hijos cerca del trabajo sigue siendo imposible. Escuelas infantiles en hospitales públicos adaptadas a nuestros turnos no son un lujo: son una necesidad. Pero nunca se ha abordado seriamente. No es cuestión de recursos: es cuestión de voluntad política.
El capitalismo y el sistema económico han descansado históricamente sobre nuestro trabajo invisible. Sin nosotras, el sistema no podría sostenerse. La sanidad pública y las residencias no son una excepción.
Mientras se habla de eficiencia, productividad y gestión, pocos se preguntan cómo vivimos quienes cuidamos. Cómo encadenamos jornadas que no dejan espacio para nuestra vida. Cómo sobrevivimos a la sobrecarga diaria.
En el Servicio Madrileño de Salud y en el AMAS esto es cotidiano: plantillas al límite, contratos temporales durante años, presión asistencial constante y enormes dificultades para conciliar la vida laboral y familiar.
Cada 8M vemos gestos simbólicos: declaraciones, pancartas, discursos. Pero las palabras no cambian nuestras condiciones. Nosotros necesitamos hechos, no discursos.
Vivimos además en un contexto social alarmante. Las agresiones machistas siguen presentes, los discursos que cuestionan nuestros derechos resurgen y la intolerancia hacia el colectivo LGTBIQ+ crece. La precariedad, el machismo y la discriminación se cruzan, afectando especialmente a migrantes y trabajadoras invisibles, muchas sin papeles, sin protección y sin reconocimiento.
Lo que ocurre en los hospitales refleja lo que ocurre en la sociedad: trabajamos más, en muchos casos cobramos menos, cuidamos más y somos las primeras en pagar las consecuencias de las crisis, de los recortes y de la violencia estructural.
Por eso, este 8 de marzo exigimos:
- Estabilidad laboral y fin de la temporalidad abusiva.
- Plantillas suficientes y condiciones de trabajo dignas.
- Conciliación real, adaptada a los turnos que sostenemos.
- Escuelas infantiles en los centros de trabajo.
- Tolerancia cero frente al acoso y las violencias machistas.
Porque quienes cuidan también tienen derecho a ser cuidadas.
Porque la precariedad tiene rostro de mujer.
Porque la sanidad pública y de las residencias se sostiene cada día sobre el trabajo invisible de miles de mujeres.
Este 8M alzamos la voz desde los hospitales, desde las plantas, desde las guardias, desde los turnos de noche.
Queremos ser vistas. Queremos ser escuchadas. Queremos ser respetadas.
Porque cuidar también implica poder vivir.
Este 8M no es simbólico. Es un recordatorio de que la igualdad solo será posible cuando los derechos laborales, sociales y de cuidados se apliquen de forma real.
