La izquierda sobrevivirá si toma partido por las clases trabajadoras

“La izquierda necesita desesperadamente volver a enfocarse en la clase. Desde los años 80 en adelante -cuando el movimiento laborista fue aplastado, las viejas industrias destrozadas y la guerra fría terminó- la clase ocupó el último asiento. El género, la raza y la sexualidad parecían más importantes y relevantes. En realidad, nunca debería haber sido una cosa o la otra: ¿Cómo se puede entender el género sin la clase y viceversa dada, por ejemplo, la desproporcionada concentración de mujeres mal remuneradas y con inseguridad laboral?” Owen Jones (escritor y periodista inglés)


 

1.- El mundo en el que nos adentramos parece haber entrado en una etapa en la que la disputa por la hegemonía política se da entre dos polos claramente capitalistas: una derecha liberal versus una ultraderecha populista. El proyecto social que, en otros tiempos, representara el socialismo entró en crisis. La socialdemocracia se ha convertido en un segundo proyecto liberal. Los populismos latinoamericanos han empezado a retroceder. Una de las grandes esperanzas en el sur de Europa que era el gobierno de Syriza, se ha adentrado por el camino del liberalismo aceptando la austeridad y los recortes de la Troika.

Pese a todo se ha mantenido un alto grado de movilización social y democrática; y, no han faltado nuevas alternativas políticas como Podemos, el Bloco de Portugal, la victoria de Corbyn en el Partido Laborista y el éxito de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata. Un resultado positivo pero extremadamente escaso si tenemos en cuenta la situación histórica que hemos vivido: la mayor recesión económica desde 1929; y, la onda larga de las revoluciones árabes o sus réplicas (15M, Occupy Wall Sreet…) en los países del centro.

A partir de la gran recesión del 2007-8 y del cambio de signo de las movilizaciones sociales hacia una mayor estabilización política, hemos vivido el ascenso de la ultraderecha populista. No toda la ultraderecha es lo mismo, pero es un hecho que se trata de un fenómeno similar que se produce por los efectos de la crisis y el vacío político que sienten millones de trabajadores y sectores populares. El chauvinismo, el racismo, el conservadurismo ideológico, el populismo frente a las élites financieras y políticas; todas ellas, son las propuestas que han alzado a Donald Trump con la presidencia de los Estados Unidos, a los partidarios del Brexit, al Frente Nacional de Le Pen en Francia que aparece primero en las encuestas, y a los demás partidos de la extrema derecha europeos a un poderoso auge. La frase que podría resumir sus discursos nacionalistas y xenófobos es ¡Primero la Nación! ¡Primero América! ¡Primero Francia! …

Pero el mayor problema para la izquierda social y política es que ese relato de la ultraderecha populista ha calado, tanto entre los sectores de la pequeña burguesía y de las clases medias con un nivel social alto; como también entre los más pobres; es decir, los trabajadores de baja cualificación blancos y los granjeros en Estados Unidos; entre los desempleados y la clase obrera golpeada por la crisis o la deslocalización industrial en Gran Bretaña o Francia; entre la pequeña burguesía radicalizada por la llegada de los inmigrantes en otros países como Holanda, Noruega o Austria, etc. Los datos estadísticos en este sentido son abrumadores. En conclusión, han saltado las alarmas, la izquierda tiene ahora un nuevo competidor que le está arrebatando en algunas ciudades y pueblos, la hegemonía política entre las clases trabajadoras y populares.Ese competidor no es el liberalismo “democrático”, sino la ultraderecha populista, autoritaria y racista. Sería bueno que los europeos no nos olvidáramos de nuestra historia con la llegada del Partido Nazi al poder en 1933.

El “consenso neoliberal”

¿Cómo se ha llegado hasta aquí para evitar cometer los mismos errores? Esa es una de las preguntas que nos gustaría responder. Durante los últimos cuarenta años el neoliberalismo ha sido el régimen dominante elegido por las élites financieras y políticas. Un régimen construido sobre la violencia social y política pero disimulado (sobre todo en las últimas décadas), por un decoroso intento de moderar las formas políticas mediante el llamado “consenso liberal”. Ese consenso tenía –y sigue teniendo- una base sólida tanto en lo cultural como en lo económico. De ahí la durabilidad y éxito de su propuesta.

Lo que el neoliberalismo ha venido a proponer es una “sociedad civil” donde la economía es el puro “sentido común”tal y como lo explicaba Gramsci en los Cuadernos de la cárcel. Es decir, algo arraigado en la conciencia de la gente (entre la tradición y la costumbre), que se produce de forma natural como el día y la noche, el frío y el calor o el crecimiento del niño en adulto. La economía de mercado es lo único que no se toca. La economía liberal es el resultado definitivo de la crisis conjunta del socialismo estatista y del Estado de bienestar colapsados por éxito del capitalismo liberal. No está por lo tanto en discusión.

Si queremos desarrollo del país tiene que haber ganancia para unos pocos; instituciones supranacionales que nos digan lo que tenemos que hacer (Banco Mundial, Consejo europeo o FMI) y la acumulación de más riqueza para los ricos que son los únicos que pueden dar confianza a los fondos de inversión y a la economía en general. El “sentido común” aconseja que no traspasemos una décima el déficit público o que haya que subir impuestos y ajustar los salarios a los beneficios empresariales. Este mantra que se ha repetido machaconamente durante los últimos veinte años, es la piedra angular del neoliberalismo integrista.

A esta lógica del “sentido común” económico, los liberales de derechas suman cuatro nuevos conceptos políticos que han dado lustre y basamento a su proyecto: la integración de las clases medias urbanas nacidas sobre todo de las nuevas tecnologías o profesiones; la incorporación de toda la socialdemocracia a este consenso económico; la asimilación a la nueva cultura de las reivindicaciones de igualdad de género (mujeres, gays, lesbianas…) e incluso la utilización de un ecologismo capitalista.

Finalmente, para dar cobertura a ese relato pseudoprogresista, fue necesario encontrar un chivo expiatorio: ahí apareció el movimiento sindical; el estado de bienestar social; la clase obrera industrial o los nuevos mileuristas que accedieron por millones al mercado laboral; en definitiva, todos los aliados de los proyectos vinculados a la emancipación del trabajo y el socialismo. Es curioso que, entre los muchos relatos que se han contado, uno de los que más nos hayan impactado es una cena en donde unos “pijos-progres” tratan respetuosamente toda diferencia étnica o de género, pero cuando llegan a la parte de los chistes de las “chonis o los chavs” los comentarios se exceden a cualquier tipo de autocontrol. Es lo que se ha conocido como la demonización de las clases trabajadoras.

La hibridación entre una idea fuerte económica al servicio de una clase oligárquica, con formas políticas versátiles o sutiles es lo que ha convertido al neoliberalismo en un proyecto históricamente poderoso. Pero la gran recesión del 2007-8 provocó la mayor crisis social desde la gran depresión. Eso, lo cambió casi todo.

El precio que pagó la izquierda

La vieja socialdemocracia y el laborismo, así como los grandes sindicatos han entrado al consenso neoliberal. Para integrarse al mismo, fueron abandonando todas las posiciones de clase. Millones de trabajadores de la industria o los servicios quedaron a la intemperie frente a la austeridad. Se generó un vacío de representación política que en algunos momentos se cubrió con partidos liberales, conservadores o nueva izquierda y, en otros, con una abrumadora abstención. En lugar de recomponer políticamente una alianza o bloque entre los nuevos y viejos trabajos del mundo laboral con las clases populares y medias más golpeadas, con las mujeres y los movimientos sociales, lo que se hizo fue adherirse al discurso neoliberal potsmoderno de que la clase obrera ha muerto.

Pero con esas políticas, aunque lograron éxitos efímeros que les llevaron al poder, (Nuevo Laborismo de Tony Blair; Zapatero en el PSOE; Hollande en Francia…) firmaron su sentencia de muerte en el momento del estallido de la crisis económica, comprometiéndose a llevar adelante los planes de ajuste y austeridad. La ruina económica de sectores de las clases medias europeas, ha significado también la ruina política para la socialdemocracia. Los gobiernos de Blair, Zapatero, Hollande, Obama, etc. son igualmente responsables de la austeridad como sus adversarios: los conservadores o republicanos. Peor aún, esta izquierda liberal, es doblemente culpable en la medida que desarticuló, igual que los grandes sindicatos obreros, la capacidad de respuesta ante la ofensiva reaccionaria que iniciaron Reagan y Thatcher.

Pero en el pecado llevaron la penitencia.

En el Estado español el voto al PSOE ha bajado del 43,9% de 2008 al 22,6% de 2016. En Grecia el PASOK pasó del 43,9% en 2009 al 6,3% en 2015. En Holanda el PvdA pasó del 24,8% en 2012 al 5,7% en el 2017. En Francia el PS pasó del 51,6% en el 2012 al 13% en el 2017. ¿Y en Alemania? El SPD navega –dentro del gobierno de Angela Merkel- entre el 25 y 30%. En el caso de los Estados Unidos el Partido Demócrata ha perdido más poder en las últimas elecciones que en toda su historia. Otro tanto viene ocurriendo en Gran Bretaña donde la figura debilitada de Corbyn va -nada menos- que 36 puntos por debajo de la nueva líder del Partido Conservador, Theresa May, que no solamente está barriendo al Partido Laborista, sino que está arrancando al UKIP los apoyos sociales y electorales que habían recibido durante la celebración del referendum de salida de la Unión.

Podemos: tres desafíos

La crisis económica no ha terminado, pero el ciclo social de ascenso en el sur de Europa es posible que sí. Esta es una de las contradicciones políticas más intensas. Esto es lo que da alas a una ultraderecha populista que se muestra –por primera vez desde los años 30- como una alternativa sólida y peligrosa. Mientras avance la crisis social y económica, pero se estanque la movilización de los últimos cinco años, estaremos jugando la partida en un escenario adverso. Ante la falta de lucha, muchos pueden caer en la desesperación. El caldo de cultivo del fanatismo ultraderechista.

¿Qué deberían hacer las nuevas formaciones políticas como Podemos que en estos momentos ya es una referencia internacional para millones de jóvenes y trabajadores de los cinco continentes? ¿Habremos aprendido algo de la crisis de los socialdemócratas y de la gravísima capitulación de la izquierda griega en julio del 2015? ¿Cómo podremos recomponer una nueva alternativa sobre un mundo que ha cambiado de forma sustancial en las últimas décadas?

En mi opinión, y aunque éste sería un tema para otro artículo, considero que básicamente hay tres grandes retos o desafíos que deberíamos abordar. Los señalaré muy suscintamente.

El primer desafío es lograr que Podemos se transforme en un auténtico partido de masas real y no meramente virtual. No vamos a plantear aquí las carencias democráticas que arrastra Podemos desde su fundación. El tema ahora es otro. Podemos no puede seguir siendo un partido que pivote sobre las consultas en la red y un aparato formado principalmente por profesores universitarios.

A pesar de las diferencias políticas que hemos mantenido con los viejos partidos socialdemócratas o comunistas, Podemos debería aprender de esa historia. La formación de los partidos socialistas, laboristas o comunistas; incluso la formación de otros movimientos políticos como el cartismo en el siglo XIX o el PT brasileño en el siglo XX, han venido acompañadas no solo de éxitos electorales efímeros, sino de un proceso de construcción paciente donde la clase como sujeto social y el partido como sujeto no iban por caminos distintos. Más bien todo lo contrario.

La rica experiencia de la formación del partido comunista italiano arraigado en lo más profundo de la sociedad civil italiana, y reconocido por todos los obreros como “el partido”, es un excelente ejemplo de unos caminos que Podemos no ha explorado. Así es como el PCI fue absolutamente hegemónico entre la clase trabajadora italiana y llegaría a obtener más de un 30% del electorado en los años setenta. Otra experiencia similar es la del PSOE entre 1976 y 1982 con la irrupción del primer gobierno de Felipe González y el apoyo de los grandes sindicatos UGT y CCOO. Podemos necesita hacerse carne entre los sectores populares, no solo entre los jóvenes sino también entre los mayores; no solo en las ciudades grandes sino en los pueblos donde PP y PSOE hunden sus raíces a través del clientelismo o las Casas del Pueblo. Podemos tiene que hacer un gran esfuerzo de estructuración social.

El segundo desafío para Podemos es encabezar una alternativa, al menos europea, ante la debacle de la izquierda griega. Para ello no puede dejar todo a la improvisación. Hablar de alternativa de gobierno sin definir un mínimo proyecto político para evitar un nuevo desastre (como el del gobierno de Tsipras) es una tremenda contradicción. ¿Qué hará Podemos para modificar la relación de fuerzas entre la Unión y un gobierno de cambio? ¿Cómo se puede compaginar la permanencia en la zona euro y el rechazo frontal de las políticas de austeridad? ¿Cómo situarse entre un ultraliberalismo económico y un ultraderechismo político? ¿Cuáles serían las propuestas para impulsar un movimiento de impugnación a esas políticas que sirva para acumular nuevas fuerzas y movimientos sociales así como aliados políticos?

El tercer desafío consiste en la construcción política de una mayoría social,si por eso se entiende no solamente una estrategia electoral sino global. Algunos lo han llamado “bloque histórico”. En mi opinión se trata de unir grupos sociales heterogéneos con un programa común basado en los puntos anteriormente expuestos.

¿Quiénes pueden formar esa mayoría agrupada en torno a un gran movimiento político llámese Podemos y todos los componentes del cambio nacidos tras el 15M? En primer lugar aquellos sectores que ya están integrados al proyecto, pero también muchos de los que se abstienen, o los que siguen votando a la derecha o la izquierda liberal. Nos referimos a los nuevos trabajadores pobres cuyos salarios no llegan ni a mil euros; a los millones de desocupados; a los pensionistas que tienen que repartir su pensión entre toda la familia; a las miles y miles de mujeres maltratadas o doblemente explotadas por el mero hecho de ser mujer; a los trabajadores más organizados en sus sindicatos tradicionales o nuevos; a los emigrantes; a los activistas de los movimientos sociales como los ecologistas, los gays, las lesbianas; a los profesionales o asalariados de una generación anterior que todavía siguen manteniendo un poder adquisitivo o de consumo; a los miles de jóvenes universitarios con un futuro dudoso, al trabajador autónomo que no tiene derechos como los demás… Esta sería la gran alianza o bloque histórico al que nos referimos.

Una nueva alianza de estos grupos sociales que impugne el “sentido común” de la economía liberal dominante y enfrente abiertamente el reto de la ultraderecha populista. Una alianza de los de abajo que mire de frente a las clases trabajadoras.

Jesús Jaén. Activista del MATS

Fuente: Viento Sur

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